miércoles, 21 de noviembre de 2012


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Pronto aparecieron unos vecinos que rodearon el coche y me apartaron hacia atrás conscientes de que un menor no debía observar aquella escena. Me encontraba realmente conmocionado por lo sucedido. Así se podía resumir mi estado. Sin embargo, no había dudado ni un momento en guardar la libreta en mi bolsillo. Las palabras de aquel hombre se habían clavado en mis oídos.
Mi padre me llevó a casa y me dieron algo de beber, probablemente para intentar tranquilizarme. Poco después subí a la habitación y me enrosqué encima de la cama mientras mi madre me acariciaba y con sus palabras intentaba desviar la atención hacia otras cosas menos importantes. Estuvo un rato conmigo hasta que pensó que me había dormido. Probablemente fue un sueño muy ligero, porque en cuanto se fue por la puerta me desperté y en aquella postura saqué la libreta de mi bolsillo, la miré pero no me atreví a abrirla. Pensé que probablemente en su interior escondía algo importante. Algo que nadie debía de saber. Incluso pensé que tampoco mis padres deberían de saberlo, aunque pronto también descubrí que nadie mejor que unos padres para poder ayudarte.
Intentaron que comiera algo pero no me levanté de la cama. Lo entendieron y me dejaron tranquilo. Ellos estaban verdaderamente preocupados por como me podía haber afectado lo ocurrido.
A media tarde y cuando estaba solo me levanté de la cama y fui hacia la ventana. Había comenzado a llover y pronto resonó en el cielo un trueno estremecedor. Donde está mi pueblo las tormentas son bastante fuertes por el verano y uno tiene hasta ganas de meterse debajo de la cama. Pero no fue el trueno el que de nuevo llenó mi cuerpo de temor sino la sombra que vi desde mi ventana de una persona que con la iluminación del rayo se hizo patente en la carretera. Corrí de nuevo encima de la cama y me tapé permaneciendo allí el resto de la tarde.
Continuará...

lunes, 19 de noviembre de 2012



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Me quedé asustado por lo ocurrido. No podía quitar los ojos del coche. Ros apareció junto a mi como si no pasara nada. De delante empezó a salir un humo blanco. Entonces caminé unos pasos. Cuando comencé a andar la puerta del conductor se abrió. El hombre que estaba en el interior sacó una pierna. La mantuvo fuera sin moverse un momento que a mi me pareció eterno. Continué a la espera el el sitió, paralizado. El señor, con gran dificultad, salió del interior del coche y se dejó caer en la cuneta. Me asomé rápidamente y enseguida vi que el hombre sangraba. Tenía toda la camisa manchada de sangre a la altura del estómago. Se quejaba, pero no mucho para tener un tiro en el estómago y haber sufrido un accidente. Abrió los ojos y los dirigió a mi. Me entró un miedo terrible, pero tampoco era capaz de echar a correr. Fue entonces cuando el hombre me miró y me dijo:
-Chico. ¡Chico! Acércate. Baja. Por favor no tengas miedo. -Le costaba hablar. No dudé en bajar junto a él a pesar de estar lleno de miedo. No miento si digo que en el fondo me podía más la curiosidad. Cuando llegué junto a él me cogió del brazo y con la otra mano sacó del bolsillo de la chaqueta una libreta vieja con forro de piel de color negro y me dijo:
-No se la des a nadie. ¡Me oyes! A nadie. Guárdala con tu propia vida y solo confía...
No pudo acabar la frase. El hombre se había desmayado.

Continuará....

domingo, 18 de noviembre de 2012


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Siempre que llegábamos al pueblo y tras los saludos afectuosos de bienvenida entre los abuelos y nosotros tanto mi hermano como yo nos intentábamos escaquear de la labor de trasladar las maletas al interior de la casa. Normalmente, yo, por ser el pequeño, lo conseguía, pero mi hermano, resignado, tenía que ayudar a mis padres con los pequeños bultos que acompañaban a las grandes maletas.
Rápidamente, mientras sacaban los paquetes del coche y mi padre le mandaba a mi hermano Javier que le ayudase, me apresuré a decirle a Ros, que así se llamaba el perrito de los abuelos, que me siguiera. Salí del perímetro de la casa y crucé el camino que había entre ésta y un campo lleno de yerba un tanto tostada por el sol. Mientras el aire limpio me acariciaba suavemente la cara, corría feliz junto a Ros cruzando aquel inmenso campo que había frente a la casa.

Ros se adelantó y llegó primero que yo al otro extremo del campo. Le grité varias veces que me esperara, pero hizo caso omiso de mis llamadas. Al llegar al otro lado, junto a los árboles que había bordeando la cuneta que separaba el campo del camino, vi que Ros venía de vuelta cuando un coche se aproximaba a gran velocidad. El coche se encontró con Ros y en un acto reflejo el conductor giró bruscamente el volante empotrando el coche en la cuneta justo delante de mis narices.


sábado, 17 de noviembre de 2012

...Continúa.

Era sábado. Papá y mamá solían madrugar mucho cuando se trataba de ir de viaje. Por un lado, conseguían que fuéramos durmiendo la mayor parte del trayecto y además, tratándose del verano, lograban tener el sol a la espalda de manera que no le importunase mucho a papá durante el viaje y el calor no fuera agobiante.
Sin duda, lo que ninguno de los cuatro esperábamos es que fuera un verano distinto. Que fuésemos a vivir una de las mejores aventuras de nuestras vidas. Y digo una porque desde aquella primera aventura no dejaron de sucederse otras.

Papá paró el coche con cuidado y mamá abrió la puerta para dejar subir al perrito de los abuelos. Subió como un tiro y, de manera descontrolada, comenzó a lamer a mamá y a papá y después a mi hermano y a mi. Estaba super contento y nosotros también. Habíamos llegado al pueblo de los abuelos donde cada día por si mismo era ya una experiencia inolvidable.

Continuará....

viernes, 16 de noviembre de 2012

Llegada.

-Menos mal que te despiertas -me dijo mi hermano. -Viniste todo el camino durmiendo.
-Durante este mes pienso olvidarme totalmente del trabajo. Disfrutar de la naturaleza y de la familia -dijo mi padre desde delante. Mi madre le sonrió, y paso en forma de pequeña caricia su mano sobre su pierna consciente de que no sólo mi padre sino también ella necesitaban descansar del agitado mundo cotidiano.

Continuará mañana...

jueves, 15 de noviembre de 2012

Empezando.

Eran las once de la mañana. Apenas me estaba despertando en el asiento trasero del coche de mis padres mientras llegábamos al pueblo, cuando empecé a sentir el ladrido del perrito que tenían mis abuelos. Había salido al encuentro.