domingo, 18 de noviembre de 2012


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Siempre que llegábamos al pueblo y tras los saludos afectuosos de bienvenida entre los abuelos y nosotros tanto mi hermano como yo nos intentábamos escaquear de la labor de trasladar las maletas al interior de la casa. Normalmente, yo, por ser el pequeño, lo conseguía, pero mi hermano, resignado, tenía que ayudar a mis padres con los pequeños bultos que acompañaban a las grandes maletas.
Rápidamente, mientras sacaban los paquetes del coche y mi padre le mandaba a mi hermano Javier que le ayudase, me apresuré a decirle a Ros, que así se llamaba el perrito de los abuelos, que me siguiera. Salí del perímetro de la casa y crucé el camino que había entre ésta y un campo lleno de yerba un tanto tostada por el sol. Mientras el aire limpio me acariciaba suavemente la cara, corría feliz junto a Ros cruzando aquel inmenso campo que había frente a la casa.

Ros se adelantó y llegó primero que yo al otro extremo del campo. Le grité varias veces que me esperara, pero hizo caso omiso de mis llamadas. Al llegar al otro lado, junto a los árboles que había bordeando la cuneta que separaba el campo del camino, vi que Ros venía de vuelta cuando un coche se aproximaba a gran velocidad. El coche se encontró con Ros y en un acto reflejo el conductor giró bruscamente el volante empotrando el coche en la cuneta justo delante de mis narices.